Ahí estás otra vez. Es ese momento donde todo mi cuerpo se manifiesta en complot y vuelcan todas sus contracciones hacia al mismo lado, hacia el sentimiento de verte, de querer tenerte. Y te acercas de manera simultánea, con tus pasos característicos pocos convencionales. Tu caminata de mujer, donde brilla toda tu pulposa vida, tu silueta voluptuosa, tu pelo atado que te despeja esa cara meramente tierna, una perfección ovalada.¿Y tus ojos? Tus ojos. Ese pequeño mar de lágrimas que desemboca en tu párpado inferior que funciona como orilla y solo se rebalsa cuando esa pequeñas suaves pero puntiagudas pestañas hacen estallar la presión de esa agua, agua que refleja la felicidad o la tristeza misma. Tu cielo de cejas que desembocan en tu nariz. Esa nariz. Fina y punzante, estrechamente color marroncito, ¿o quizá blanca? Tal vez la parte superior es marroncita y allí cuando termina ese color, se torna blanquecina. Me suicido de tu nariz para caer en tus labios. Es raro pensar que tus labios sean el principio de mi excitación, del sinónimo de lujuria, de amor, de tentación; con el sentimiento de espera que concluye en esas finas líneas rosadas, espléndidamente trazadas que conforman mi deseo, mi fulgor, el desencadenamiento de una pequeña porción de mi alma que queda almacena en esas pequeñas líneas humedecidas cuando me expresas tus sentimientos, y hasta podría decir que nunca vi a alguien que se le fusione su corazón con sus labios. Ella con su intención de tentar, de envejecer sus labios sobre mi boca, sobre mis labios, sobre mi saliva que se retuercen de estremecimiento y aún así quieren seguir. Esas ganas de seguir que se confronta sabiendo que algún día no se podrán retorcer más así, teniendo en cuenta que no existe persona igual a vos, ni a tus labios húmedos, ni a tus ojos ahogados de un pequeños cimiento de agua, ni a tu nariz punzante, ni a tu lengua. Tu lengua. Si tus labios son el sinónimo de lujuria, tu lengua es el sinónimo de sexo. Esa gruesa y penetrante lengua escamosa que provoca la descoordinación de todo mi organismo, de los latidos de mi válvula o corazón, de la producción de transpiración, y ah, la transpiración. Tu lengua provoca tantas cosas, como la transpiración y más en la plenitud de nuestros cuerpos. Esa lengua que es capaz de provocarme una excitación máxima, ese sinónimo de sexo y amor pleno, de conciencia, de estremecimiento, de mis pelos erizados por el sonrojo que producís. Y mis pelos. Las yemas de tus dedos que recorren como niños jugando entre los árboles sobre los pelos de mis brazos. Esa suavidad extrema que brinda tu uña rasguñando mi piel, entumecida y frágil por el calor de tu pecho. Mi sangre hierve de calor y no es de menos. Tu pechos, tu brazo tu boca, tus cachetes, tu silueta voluptuosa, tus piernas tan excitantes como tu boca, lengua y demás; tus manos. Ah, tu manos. Me olvidaba de tremendo invento. Tus manos que atraviesan cada parte de mi cuerpo, esos dedos que resuelven mi frialdad, mi baja autoestima, la caída de mis pelos del brazo, la plenitud de mi bienestar, la plenitud de mi sexo, de mi amor, de mi pasión, del fulgor de mis ojos, mis labios húmedos, del aroma de mi torso blanco; esas manos que sube toda mi compasión, mi comprensión, mi paz, de mi adicción hacia tu sonrisa, hacia tu tristeza, hacia tu felicidad, hasta tu nítida verdad y tu indescifrable mentira. Y cuando tu espléndida desnudez provoca la rapidez de mi sangre a través de mis capilares sobre todo mi cuerpo, es ahí cuando un pequeño temblor desequilibra todo mi cuerpo. Mi temblor de alegría. Mi temblor de pasión. Esa pasión y alegría, más bien armonía, que se trazan sobre mi aceleración mental y que explota cuando mi labio inferior es mordido por mis paletas; cuando mis manos asfixian un pedazo de tu piel, de tus poros, de tu oxígeno.
Desde arriba tuyo caen mis gotas de sudor, más bien calor que me brindas. Esa evaporación de tu mísera intención, aunque no creo que sea tu intención, que resurge de mi velocidad infinita cuando escucho tu condenado placer, tu poco pudor, tu confianza. Tu cuerpo ya tocado, ya infiltrado. Y de repente tus manos que aprietan mi muslo, mis pelos parados a puntos de ser explotados de placer, de ambición en tus palabras con nuestro infinito interrogatorio sentimental, interrogatorio de provocación, de futuras tomas de nuestro promiscuo estar, de nuestro promiscuo secreto del amor. Ese amor que flota sobre el aire con nuestros movimientos, con nuestra falta de rigor a la hora de encasillarnos en una pequeña cama y una almohada que acomode tus cachetes y en ciertas ocasiones, los míos. Y ahí recuerdo nuestra mínima inocencia en tiempos pasados que nos han llevado a semejante momento de intimidad. Ese momento que amo todo lo tuyo. Tus pensamientos, tu forma de ser, tu íntegra capacidad de amar, de odiar, de detestar aquel boicot de tu felicidad, de tus enfermedades existenciales, de tus deseos, de tus sueños, de tus labios, del amor infinito que te tengo y puedo seguir con la lista; tu manera de controlar mi corazón y alma.
Ese vicioso y cálido tiempo de relajamiento que me entregas. Ese vicio descomunal y pervertido que me inculca tu risa. Tu risa. Algo que me ha cambiado rotundamente mi felicidad es tu risa. Ese sonido diminuto que dilata tu boca y que encueva tus comisuras, reflejando tus dientes. Y lo pero de todo es que si es que algún momento vuelvo a verte mal, carecida de sonrisas, risas, besos y tu armamento de felicidad, será el momento de mis aflicciones, de mi fluctuación espiritual, de la amarga condición de vivir, de sentir.
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