sábado, 1 de diciembre de 2012

Mi muerte en vida

He tenido la certeza de que la muerte no me es indiferente. Siempre he sabido que los susurros que oigo son de ella y no siento que me sean malos. He claudicado ante la muerte o hacia el pensamiento de morir vivo. Sé que no suena coherente pero no hay otra explicación lógica. Hace tiempo que la siento tocándome los hombros; sigilosos sonidos que despiertan mi pudor. Sé que está cerca y no hay modos para restringirla. No hay clemencia hacia la muerte, ni palabras para reparar estos sentimientos. Allí en el horizonte de mi vida se halla una mancha negra y la luna se vuelve grisácea. Mi Dios soporta mis plegarias y me ha a ayudado en más de una oportunidad. Pido con mis sinceras palabras y llantos que éste Dios sea recordado como un amigo y no como un fantasma bondadoso, porque es la sombra que me ha levantado y que me ha socorrido en mis fuertes caídas, siendo el pañuelo de mis lágrimas y dientes para mi sonrisa. Nazco al verlo y muero en sus ausencias. Es la fuerza de mi optimismo, y los golpes hacia el pesimismo. Quiero que éstas palabras sean el prólogo o prefacio para una nueva etapa y testamento a los que me han visto vivir feliz y con la frente en alto. A los que surgieron desde la luz y a los que surgieron de la oscuridad. Mi eternidad los abrazará y cuidará de ustedes por haberme salvado del vacío. Éste Dios que me ha negado tantas veces la muerte y me ha arengado la vida como flor de mis pesadillas, necesito que una oportunidad más fluya por mis días y que canalices todas mis alegrías.

Niegame la muerte
para que mi sol brille en mis días
Brindame la suerte
para poder seguir con vida

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