Y llegaron aquellas calientes brisas
el corazón no late como solía latir
los días no son como antes, se burlan a puras risas
el pensamiento empezó a cambiar, y eso me empieza a sucumbir
El día se hizo mas largo, como mi melancolía
las noches son mucho más cortas, como mi sueño
la mujer tan esbelta ya no me mira, como antes solía
besarme, abrazarme y dormirme en sus brazos como un pequeño
El cielo, mucho más temprano se empecina en subir
el horizonte se acuesta con un cielo naranja, celeste y rojo
pero al acostarnos, no creo que haya nada mas bello que dormir
viendo el ocaso de tus ojos
Mis ojos tiemblan, se ahogan en lágrimas indecentes
se te ve mucho más lejana que no es un pormenor
no extraño el pasado pero tampoco visualizo el presente
el presente es ambiguo pero lo vislumbra nuestro calor
La nostalgia precipita los sollozos de mi voz
la paranoia pega, lastima... no me deja pensar
y mi cabeza deja de alentar a mi corazón
y mi cabeza no sigue el rumbo para volver a empezar
sábado, 27 de octubre de 2012
sábado, 20 de octubre de 2012
Gracias, mamá.
Solías cobijarme en tu vientre, me cuidabas en él aguantando todo el dolor que produce eso. Soportaste mis golpes, mis necesidades. Soportaste todos esos meses con amargas cuestiones físicas pero aún así llevabas una espléndida sonrisa en tu rostro totalmente de mujer valiente. Llegué un día y en pleno dolor corporal, pasó por tu cabeza todos los días que viviríamos desde ese día de parto hasta hoy en día y en todos los días que nos quedan. Deseaste cuidarme, deseaste mi felicidad ante cualquier indiferencia, deseaste mi dolor pero no por mala intención sino para el aprendizaje que en días posteriores me servirían; deseaste que mi cuerpo no carezca de nada, ni de hambre ni de amor. Amor. Amor es lo que recibo cada día, desde el primero hasta ahora y nunca pero nunca te reprocharé de eso, porque tu amor es incondicional, infaltable. Presionabas entre diente y diente cuando te mordía el seno de mi alimentación, pero aún así seguías y seguías sin reproches. Solías dormir pocas horas por mi insomnio de llantos y agonías de hambre. Con toda intención, salías de tus sosiegos sueños para seguir con mi atención. Con todo el coraje que te envuelve, guardabas tu dolor físico para cuidarnos a mí a mis dos hermanos. Nunca voy a entender como seguías, pero tu belleza mental puede ser una de las causas. Vos, tan bella como siempre, tu piel tan suave como el primer día que la rocé, que la acaricié con mis pequeñas manos entusiasmadas en poder tocarte, de sentirte fuera de tu vientre.
Llegó el día que no podías cuidarme atentamente. El jardín te privaba de eso. Podía llegar días a casa con mi cara triste, pero tu hermosa sonrisa más el cariño de tus ojos me sacaba de todas esas aflicciones infantiles. Y siempre tuviste una buena mano con las meriendas. Siempre te pedí un café con leche más negro que el común y vos, atenta a mis detalles, me servías de tal gusto. De mis miedos fuiste la luz; de mis insoportables ideales fuiste la cómplice; de mis interminables llantos fuiste mi pañuelo.
Me acobijabas en mis noches de puros miedos y es más, me dejabas esa luz para que espantara todos esos fantasmas que me acechaban. Gracias a vos, no fue difícil mi primaria.Siempre me esperabas para hacer mis tareas que nunca entendí. Estuviste en mis frustraciones, en mis felicidades, en mis secretos. Siempre fuiste igualitaria con todo, pero todo a su tiempo. Estuviste cuando me deprimí por no ser como los demás, alentándome con tus hermosos y sensibles consejos de madre, tan sabios consejos de madre y gracias a eso, seguí adelante gracias a tu dulce voz y mi típica apariencia de niño humilde. Llegaron los días de mi cambio como persona y vos nunca me reprendiste nada. Empezaron mis errores, mis estúpidas decisiones pero nunca te entrometiste porque sabías con tu sabia mente que de eso aprendería. Me regalaste la libre expresión, las libres amistades. Me diste libertades que nunca nadie me hubiera dado si no fuera por vos. Llegaron mis malos actos de niño adolescente pero vos siempre me apoyaste, con retos y reprimendas. Tus condiciones me hicieron como soy; tus enseñanzas me regalaron mi propia personalidad, mi propio pensamiento.
Conozco tus ojos tristes, cariñosos, felices, angustiados, frustrados, brillantes, cálidos, fríos, suaves, ásperos orgulloso, liberales pero nadie los tiene como los tenes vos. Vos tan hermosa, tan fresca, tan simple, tan valiente, con tanto coraje para enfrentar a todas las dificultades, a las piedras, a los obstáculos que tuviste en la vida y aún así seguís con la frente arriba y eso es lo que voy admirar siempre de vos. Me alzaste, me amaste, me quisiste, te dio miedo algunas decisiones mías pero seguiste confiando en mí. Me apoyaste en todo, y te lo agradezco con la vida y la muerte. Sobreviví a tu dolor. Te he visto llorar y eso debe ser una de las cosas que me quiebran por completo. Me estremezco al verte derramar lágrimas y eso te lo puedo jurar. Es un cuchillo que se me clava por la espalda y atraviesa mi frágil corazón, susceptible al verte sufrir. Aquellas estúpidas personas que no valoran tu persona, tu cálida alma que lo único que proporciona es amor. Tu amor es único y nunca te lo olvides... te lo menciona tu hijo. Temiste por mí, temo por vos. Te amo con todo mi corazón, con el alma, con toda mi integridad. Si no hubiera sido por vos, ¿dónde estaría?.
Llegó el día que no podías cuidarme atentamente. El jardín te privaba de eso. Podía llegar días a casa con mi cara triste, pero tu hermosa sonrisa más el cariño de tus ojos me sacaba de todas esas aflicciones infantiles. Y siempre tuviste una buena mano con las meriendas. Siempre te pedí un café con leche más negro que el común y vos, atenta a mis detalles, me servías de tal gusto. De mis miedos fuiste la luz; de mis insoportables ideales fuiste la cómplice; de mis interminables llantos fuiste mi pañuelo.
Me acobijabas en mis noches de puros miedos y es más, me dejabas esa luz para que espantara todos esos fantasmas que me acechaban. Gracias a vos, no fue difícil mi primaria.Siempre me esperabas para hacer mis tareas que nunca entendí. Estuviste en mis frustraciones, en mis felicidades, en mis secretos. Siempre fuiste igualitaria con todo, pero todo a su tiempo. Estuviste cuando me deprimí por no ser como los demás, alentándome con tus hermosos y sensibles consejos de madre, tan sabios consejos de madre y gracias a eso, seguí adelante gracias a tu dulce voz y mi típica apariencia de niño humilde. Llegaron los días de mi cambio como persona y vos nunca me reprendiste nada. Empezaron mis errores, mis estúpidas decisiones pero nunca te entrometiste porque sabías con tu sabia mente que de eso aprendería. Me regalaste la libre expresión, las libres amistades. Me diste libertades que nunca nadie me hubiera dado si no fuera por vos. Llegaron mis malos actos de niño adolescente pero vos siempre me apoyaste, con retos y reprimendas. Tus condiciones me hicieron como soy; tus enseñanzas me regalaron mi propia personalidad, mi propio pensamiento.
Conozco tus ojos tristes, cariñosos, felices, angustiados, frustrados, brillantes, cálidos, fríos, suaves, ásperos orgulloso, liberales pero nadie los tiene como los tenes vos. Vos tan hermosa, tan fresca, tan simple, tan valiente, con tanto coraje para enfrentar a todas las dificultades, a las piedras, a los obstáculos que tuviste en la vida y aún así seguís con la frente arriba y eso es lo que voy admirar siempre de vos. Me alzaste, me amaste, me quisiste, te dio miedo algunas decisiones mías pero seguiste confiando en mí. Me apoyaste en todo, y te lo agradezco con la vida y la muerte. Sobreviví a tu dolor. Te he visto llorar y eso debe ser una de las cosas que me quiebran por completo. Me estremezco al verte derramar lágrimas y eso te lo puedo jurar. Es un cuchillo que se me clava por la espalda y atraviesa mi frágil corazón, susceptible al verte sufrir. Aquellas estúpidas personas que no valoran tu persona, tu cálida alma que lo único que proporciona es amor. Tu amor es único y nunca te lo olvides... te lo menciona tu hijo. Temiste por mí, temo por vos. Te amo con todo mi corazón, con el alma, con toda mi integridad. Si no hubiera sido por vos, ¿dónde estaría?.
viernes, 19 de octubre de 2012
La nueva moda climática.
Ahora las brisas se hacen mucho mas espesas, mucho más tibias, mucho más estremecedoras. El viento sopla, silba con sosiego y con una mayor duda. En el aire se oyen lindos cantos del sol que ríe feliz al calentar nuevamente luego de los frío y polares vientos invernales; el, ahora, gobierna el viento con una dominación que se explaya por toda mi ciudad. Las plazas se vuelven más cordiales con el pasto mojado de rocío, hermosamente cariñoso que deja silenciosos nuestros pasos. Los árboles, contentos, florecen en todo su esplendor, con sus raíces totalmente verdes. Nuevamente nacen las ermitañas hojas verdes luego de haber cambiado al color marchito marrón, produciendo un nuevo sentido de ver la hermosa naturaleza que yace debajo del sol. Ahora el mar suena, se hace oír con su espuma suave y blanca inmaculada arrastrando las aguas azules semi verdosas. Nuestras escolleras le dan la bienvenida a los cielos rosas y naranjas del ocaso, con un gran festín del horizonte feliz de haberse reencontrado con tremendo espectáculo. Y ahora nacen nuevas sonrisas en los rostros amargos de las personas, los pájaros cantan y no es de menos. La gente brilla y tampoco es de menos; se aleja esos tiempos de fríos burlones calcinadores y renacen, reiteradamente, esos hermosos ojos de felicidad, de alivio, pasional y amoroso que produce el calor veraniego.
Personalmente tiendo a detestar este nuevo aroma. Un aroma de nostalgia, de melancolía y de duda. Estremezco con tan sólo pensar que termina un ciclo más y ya no volverá. También puedo decir que me provoca miedo. Miedo de no poder retroceder más, ¡pensar que tantas sensaciones que me provoca tan sólo un nuevo olor pero particular! Tiendo a caer en las provocaciones de mi destino, del aroma, del futuro que no alcanzo a visualizar que sorpresa me tiene. Una neblina que me despereza y que ocasiona un temor tan frío, tácito y tormentoso.
Nostalgia porque empiezo a recordar cada momento de mi vida, con el único miedo de no ser como antes. Melancolía porque me vuelvo frágil y susceptible ante cualquier acción, ante cualquier duda, ante cualquier lágrima que pretende caer sobre mi tibia mejilla. Y por último, duda. Duda por el destino que me espera hace tiempo. Por esos tiempos en que ciertas imágenes se revuelcan sobre mis ojos poniéndome tembloroso y poco racional. Paranoico puede ser la palabra. Loco también. Estúpido... quizá.
Volviendo a mis calles, el cigarro ya no quema como siempre. Su pequeña luz anaranjada quema desinteresada y temo que ya no vuelva a quemar como ésos tiempos donde su combustión era magnífica y majestuosa. La figura de la mujer se vuelve... deslumbrante. Su piel se libera de sus ropas para mostrarse tal cual es en toda su belleza. Los senos saltan de par en par sin miedo ni pudor y con la ignorancia de saber que puede ser percibidos por nosotros, los hombres. Sus brazos se desnudan y demuestran su pequeños vellos ahogados de semejantes telas.
Y es así como un pequeño lector, escritor o persona en sí comprueba lo detestable y pensativo que se torna ésta época climática: el estúpido verano.
Personalmente tiendo a detestar este nuevo aroma. Un aroma de nostalgia, de melancolía y de duda. Estremezco con tan sólo pensar que termina un ciclo más y ya no volverá. También puedo decir que me provoca miedo. Miedo de no poder retroceder más, ¡pensar que tantas sensaciones que me provoca tan sólo un nuevo olor pero particular! Tiendo a caer en las provocaciones de mi destino, del aroma, del futuro que no alcanzo a visualizar que sorpresa me tiene. Una neblina que me despereza y que ocasiona un temor tan frío, tácito y tormentoso.
Nostalgia porque empiezo a recordar cada momento de mi vida, con el único miedo de no ser como antes. Melancolía porque me vuelvo frágil y susceptible ante cualquier acción, ante cualquier duda, ante cualquier lágrima que pretende caer sobre mi tibia mejilla. Y por último, duda. Duda por el destino que me espera hace tiempo. Por esos tiempos en que ciertas imágenes se revuelcan sobre mis ojos poniéndome tembloroso y poco racional. Paranoico puede ser la palabra. Loco también. Estúpido... quizá.
Volviendo a mis calles, el cigarro ya no quema como siempre. Su pequeña luz anaranjada quema desinteresada y temo que ya no vuelva a quemar como ésos tiempos donde su combustión era magnífica y majestuosa. La figura de la mujer se vuelve... deslumbrante. Su piel se libera de sus ropas para mostrarse tal cual es en toda su belleza. Los senos saltan de par en par sin miedo ni pudor y con la ignorancia de saber que puede ser percibidos por nosotros, los hombres. Sus brazos se desnudan y demuestran su pequeños vellos ahogados de semejantes telas.
Y es así como un pequeño lector, escritor o persona en sí comprueba lo detestable y pensativo que se torna ésta época climática: el estúpido verano.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Las anécdotas de Mario.
Desde joven he sabido apreciar a la belleza de la mujer. Como bien inspirado de grandes poetas, dramaturgos y prosistas del siglo veinte, he pasado el resto de mis días describiendo cada anécdota, tanto erótica como amorosa, de mi larga y pulposa vida. En mis ochenta y cuatro años, varias mujeres se resguardan en mi corazón. Más bien, se hallan en los recuerdos, que, siendo honesto, más frescos que tengo. En la aparición de mis dieciséis años, joven y especulante sobre la mujer y su cuerpo, que bien, ha sido para diversos motivos y usos, teniendo en cuenta su fortaleza y su incontenible sensibilidad, he tenido la certeza de que mi debut como hombre totalmente activo y contemplador de la mejor obra de dios, fue lo más deleitado de mi adolescencia en épocas sexuales.Claudia, o así se hacía llamar esa querida mujer que nos costó un tiempo para recibir una cálida noche de verano con un cielo estrellado y oscuro, con la transpiración apropiándose de nuestros vientres mientras que nuestros ombligos se ahogaban de placer con gotas de sudor que palpitaban en nuestros pechos; los suyos estrechos y suaves totalmente quietos y latentes con el talento de bailar y saltar sobre mi nariz. Rosa, nombre de flor con pétalos coloridos que se relaciona con su cuerpo tallado a mano, con una sobredosis de pincel con acuarela marrón que se despojo debajo de su pecho izquierdo, concibiendo un lunar tan radiante y sobrenatural. A diferencia de Claudia, Rosa, con el esplendor de una belleza máxima, con su cabello rizado que se revoloteaban sobre mis hombres caídos y frágiles; huesudos y mojados. Sus pechos saltaban de una manera increíble e inimaginable para los incrédulos y escépticos, transformándose en una de las maravillas del mundo; la primera y desbaratando cualquiera que se le interponga. Ella, querubín de mis cielos y de mis espacios universales, con su enorme corazón pero con su capacidad grata de enfadarse o de enojarse por motivos innecesarios y estúpidos, se disolvía en mi mar de felicidad y de gratas sonrisas. Mujer de mis más apacibles sonrisas, esbozo muecas de gratitud, estés dónde estés, por brindarme la máxima felicidad que rondaron por toda mi infancia, adolescencia y mis tiempos de adulto. Aún te pienso en mi vejez. Tus pelos rizados, tus sonrisas, tus enojos, tus maniobras para arreglarlo todo, tus fortalezas. Nuestra intimidad...
En mis treinta años, apareció mi mujer de hoy en día donde repaso todos los días con mates y bizcochos de grasa. Cincuenta y cuatro años y aún, María de las Santidades, no ha podido superar a mi querida y añorada Rosa. Aunque ella, María, me ha acompañado en todos mis sueños, mis realidad, mis ganas de crear mi propia visión de la vida que es, ni nada menos que disolver nuestro amor en un hijo. Hijo que después tendría un hermano y que esos dos hermanos cubrirían el festín musical creando un trío cantor con mi tercer hijo. Y aún así, mis anécdotas y mi desdichas sobre el amor se siguen involucrando en mis contemporáneos recuerdos, habituales, recreando cada imagen que me brindó la vida para contemplar el amor de Rosa, la iniciativa sexual que me regaló aquella mujer de senos estrechos pero con cola voluptuosa y el amor incondicional pero no precipitado de mi amada María de las Santidades, que me regaló, me obsequió sus sueños, sus deseos, su vientre para formar mi apasionado sueño de procrear y educar. Pero aún así, como ya he reiterado, a mis ochenta y cuatro años presiento que describir a mis mujeres, a mi anécdotas me influyen para demostrar que el amor no está perdido en ésta sociedad dónde el amor solo fluye a partir de sexo barato sin compromisos, embarazos a la deriva e hijos con padres que cambian cada cinco años.
Es así, que a mi edad, me cuesta cambiar la perspectiva de la mujer. Sólo tengo una: valorarla, porque puede ser el fruto de nuestra felicidad. Y a aquellos que sus gustos no son los míos, disfrutar del amor en general. El amor puede ser como una flor. En primavera florece y épocas remotas, se marchita y vuela en nuestro cielo rompedor de sueños; abstrae con sus nubes pegadizas.
martes, 9 de octubre de 2012
El fuego.
¿Qué es
ese calor? No sé dónde estoy. No sé ni cómo vine. ¿Por qué todos se ríen? Me aturde
la cabeza. Un pasado que nunca ocurrió me taladra la cabeza; un futuro que
nunca va a venir me quema el inconsciente. ¿Qué paso? ¿Por qué ése inútil
recuerdo que no me acuerdo si lo efectué? Por favor que alguien me recuerde que
hice cuando no me di cuenta. Todos ríen, todos parecen felices; disfrutando de
la jornada. Soy ajeno a esa felicidad; se me crispa el cuerpo, se contrae la
cara, mi cabeza me quema, me explota, me castiga, me tortura. Mi voz suena pero
no la hago sonar yo. Es algo muy distinto. “Basta, basta, basta”. No lo digo
yo, ¿quién será? Sí, es mi voz, pero no soy yo. Alguien se me habrá metido y
narra recuerdos que sé que no los escribí. Ahora me siento y fumo sobre un
pedazo de ladrillo. El humo se ríe de mí, de mis ojos flechados hacia un óvalo
negro. ¿Qué es ese óvalo? Se me nubla la vista, miles de pequeñas moléculas de
luz se parecen en mi vista y se burlan. Aún siento que hice algo pero no.
Escucho pero no; hablo pero no.
Y ahora llego a la cama. Todos siguen gritando y el fuego en mi mente quema más y más. La ceniza del cigarrillo jadea con su mísera luz anaranjada. Quema cada pétalo gris; mi mente quema cada impulso nervioso. Se quiebra, se fractura mi tempestad con miles de risas que retumban sobre mi sien. Siento un golpe. Me abalanzo sobre mi rodilla y caigo despatarrado. Mi cabeza se inclina hacia adelante pero mi cuerpo sigue intacto; latente. Llega la mano del amor para suavizar el fuego que destroza mis impulsos. Aléjate, no quiero quemar tu belleza con éste fuego destructor. Éste fuego lo quema todo. El agua hierve y silba justo sobre mis globos oculares. El tiempo todo lo quiere calmar, pero no me calma. El tiempo quiere servir como bloqueador de éste fuego arrollador, cómo agua. Como bombero de incendio, como luz en oscuridad, como alma para el cuerpo. Y sigue explayándose éste fuego amortiguador. Fue muy grande, la llama era enorme. Ahora el viento de mi tranquilidad sopla y calma la llama. Es muy fuerte. Y aunque el tiempo sirva de algo, los minutos y los segundos siguen combatiendo. La pequeña flema de fuego sigue ardiendo en lo más profundo de mi interior, pero ahora sólo arde cuando la recuerdo. Sí es que no recuerdo esa pequeña llama, no arde. Si la recuerdo, incendia lo más profundo de mi conciencia. Mi conciencia que grita; el remordimiento que llora. Nuevamente el tiempo fluye y el ardor también.
El humo es más blanco. No es el normal. Su aroma es otro y quema de distinta manera. La conciencia es otra y la realidad ajena. Lo veo todo ajeno, se ve todo fuera de término. Más adelante el camino se hace angosto. La cabeza no está en su lugar, ni el alma tampoco. El cabello y los vellos, tanto corporales como faciales pican mucho más de lo común. Lo común se excluye de la situación y la cordura y la locura se pierden en abismos negros.
Y ahora llego a la cama. Todos siguen gritando y el fuego en mi mente quema más y más. La ceniza del cigarrillo jadea con su mísera luz anaranjada. Quema cada pétalo gris; mi mente quema cada impulso nervioso. Se quiebra, se fractura mi tempestad con miles de risas que retumban sobre mi sien. Siento un golpe. Me abalanzo sobre mi rodilla y caigo despatarrado. Mi cabeza se inclina hacia adelante pero mi cuerpo sigue intacto; latente. Llega la mano del amor para suavizar el fuego que destroza mis impulsos. Aléjate, no quiero quemar tu belleza con éste fuego destructor. Éste fuego lo quema todo. El agua hierve y silba justo sobre mis globos oculares. El tiempo todo lo quiere calmar, pero no me calma. El tiempo quiere servir como bloqueador de éste fuego arrollador, cómo agua. Como bombero de incendio, como luz en oscuridad, como alma para el cuerpo. Y sigue explayándose éste fuego amortiguador. Fue muy grande, la llama era enorme. Ahora el viento de mi tranquilidad sopla y calma la llama. Es muy fuerte. Y aunque el tiempo sirva de algo, los minutos y los segundos siguen combatiendo. La pequeña flema de fuego sigue ardiendo en lo más profundo de mi interior, pero ahora sólo arde cuando la recuerdo. Sí es que no recuerdo esa pequeña llama, no arde. Si la recuerdo, incendia lo más profundo de mi conciencia. Mi conciencia que grita; el remordimiento que llora. Nuevamente el tiempo fluye y el ardor también.
El humo es más blanco. No es el normal. Su aroma es otro y quema de distinta manera. La conciencia es otra y la realidad ajena. Lo veo todo ajeno, se ve todo fuera de término. Más adelante el camino se hace angosto. La cabeza no está en su lugar, ni el alma tampoco. El cabello y los vellos, tanto corporales como faciales pican mucho más de lo común. Lo común se excluye de la situación y la cordura y la locura se pierden en abismos negros.
viernes, 5 de octubre de 2012
No todo es lo que parece (cuento).
El señor Memphis era un apasionado por el alcohol. Aún así,
la ebriedad no era una característica de él aunque de vez en cuando, podía
tropezar en borracheras. Su mujer, la señora Zsiuvsky, soñaba con aquél día en
que su marido dejase el alcohol para convertirse en un hombre libre de vicios.
El señor Memphis, contenía una profesión de renombre, hijos
inteligentes y habilidosos y una mujer hermosa. Su vicio se apoderaba de él
cada medianoche, más bien cerca de la una de la mañana.
El whisky, el ron, los vinos exóticos eran sus compañeros, su recocijo, su
júbilo. No eran más que tres tragos por noche ye el camino hacia su habitación lo veía como un camino sin fin, pasillos como laberintos, tambaleando y con ojos entreabiertos. Su mujer, lo esperaba leyendo un libro y
con la lámpara encendida sobre su cómoda, ojeando de reojo la apariencia de su
marido.
-¿Cuánto?-preguntó la mujer aún con los ojos en la lectura.
-No sé. Tres tal vez.
-¿Qué?
-Qué de qué.
-Qué tomaste.
-Lo de siempre.
-¿Qué es lo de siempre?
-Ya sabes mujer, no me cuestiones a estas horas.
-Ya estamos aquí, tomaste lo tuyo y yo con mi libro que
añora tu calor en nuestra cama.
-No te pongas fastidiosa.
-Sólo espero que un día te des cuenta que no haces bien; tu
familia te añora.
-Sólo son unos tragos a la medianoche para que no noten mi
ausencia en el día.
-Yo la noto en la noche.
-No se puede todo mujer.
-Está bien, aún así nunca cambiarías las cosas-la mujer
cerró el libro, se quitó los anteojos y a ambos los deposito en el cajón de su
cómoda. Apagó la lámpara y terminó la noche con “Gracias por hacerme feliz…”.
El señor Memphis, en plena oscuridad, pensó esa frase por casi toda la noche.
“Gracias por hacerme feliz…”. Obviamente que sería sarcástico, su mujer siempre
fue de decir indirectas. Era utópico pensar que de un día para otro podría
cambiar su forma de ser, sus vicios, su perspectiva de la vida. Su mujer, egoísta
en ese sentido, personalizaba la parte más negra de su mente. Esa oscuridad que
penetraba en sus ideales y no le dejaba pensar ni descifrar que hacer. Gracias
a “Gracias por hacerme feliz…”, el hombre se hundía. Se hundía en la incógnita
de esa frase, de ese refrán sarcástico de su mujer, de esa visión totalmente
egoísta o territorial de su parte. Lo atosigaba, lo ahogaba.
Por la noche, tomó su saco, su sombrero y se echó a caminar.
Las luces de los faroles callejeros, alumbraban algunas partes de las veredas. La
noche era hermosa, inmaculada; las estrellas brillaban en todo el espacio
negro, en todo su esplendor. Las marquesinas de los negocios estaban totalmente
apagadas, dormidas. Alguna, tal vez, se hallaba prendida pero sólo algunas
letras. El señor Memphis, fumaba en sosiego. El humo se escapaba por su nariz;
se escapaba por su boca. “Gracias por hacerme feliz…”. Él sabía que su vicio
por el alcohol, algún día, tarde o temprano, le afectaría. Recuerda ésa vez,
aquella noche en que su ebriedad provocó decirle la verdad a una ex novia. “Te engañé
muchas veces, es la verdad”. Ésa vez en qué terminó la noche con una marca con
las cinco yemas de los dedos de aquella mujer, aquella ex. También recuerda esa
tarde de verano que se emborrachó en la plaza del centro y vomitó en el pantalón
de una anciana. A consecuencia de eso, la anciana llamó a la policía y los
oficiales se lo llevaron. Lo encarcelaron por consumo de bebidas alcohólicas en
espacio público pero sólo pasó una noche dentro de la celda. Su madre, Doña
Casanova, pagó la fianza y lo llevó a su casa.
En su camino sin rumbo, Memphis levantó la frente y halló un bar. "Ju n Dom ng" de "Juan Domingo". Las letras de la marquesina titilaban y daban la impresión de que el bar se llamaba "Jun Domng". La noche era intensa y el frío estremecía al señor Memphis. El hombre caminó rápidamente y se paró frente al la puerta del negocio. Por el ventanal, se visualizaba ancianos con barba blanca y anteojos marrones bebiendo largos vasos de cerveza. Otros se adormecían en pequeños recipientes de whisky y por el fondo, dos señores de aspecto envejecido resolvían un juego de pool. Memphis sacudió la última ceniza, fumó la última pitada y los tiró. Abrió la puerta del bar con serenidad. Los ancianos de la mesa con cerveza lo miraron de reojo; lo del whisky no pudieron disimular visualizar al extraño y los del pool siguieron su juego sin compromiso. El hombre, incómodo, se dirigió a la barra si ojear a su alrededor. Memphis oyó murmullos por todo el establecimiento pero no le impidió seguir su camino.
-Buenas noches-inició Memphis.
-Buenas "madrugadas"-respondió el hombre y luego siguió con una pequeña sonrisa- ¿Qué le sirvo?
-Whisky en las piedras- Memphis se bajó la manga de sus saco y ojeó su reloj. Las tres de la mañana.-¿Hasta que hora están ustedes?-preguntó.
-Hasta que éstos viejos se vayan- respondió el hombre
-¿No tiene hora de cerrar?
-Depende, algunas veces me frustro y cierro.
-¿Frustrar?
-Sí, me frustro.
-¿Por?
-Veo estos ancianos siempre sentados en la misma silla, en la misma mesa, en la misma posición que el día anterior y el anterior y el anterior y así. Y me pregunto si un día terminaré sólo, con tragos, con melancolías, con poca lucidez, con el pensamiento que mañana puede ser mi último día, en que el día de mañana no me afeitaré mi barba negra y abundante, sino blanca y caída. Mi aliento será de alcohol, de cigarrillo envenenado de nicotina, mi vestimenta será zaparrastrosa o tal vez no pero aún así, sé que algún día terminaré así. Chismoso, con el ego de saber que "tengo más años que vos y soy mucho más ágil, lúcido y preponderante" y me enferma.
-Aún es joven usted, puede dejar este trabajo y amoldarse a otro.
-He estado más de diez años detrás de esta barra; ese whisky, es de Holanda y me trae nostalgias. Con ese conocí a la mujer de mi vida; ese vino Malbec me lo regaló un hombre que vino una noche de lluvia y me lo cedió con la única responsabilidad de cuidarlo y nunca cebarlo. A los días, me enteré que ese hombre murió. Me contaron que ése hombre, ése anciano se suicido por la escollera sur. Me dejó inmóvil y conmovido y nunca lo cebé; fue su último deseo se podría decir. ¿Entiende señor?, cada trago tiene una historia, algunas más conmovedoras que otras pero en fin, cada uno cuenta una pequeña parte de éste bar. Para mí, forma una gran parte éste bar, nunca podría dejarlo, teniendo en cuenta que es mío.
-Entiendo entiendo. Pero creo que tiene que desatarse de éste bar. Le está haciendo mal-Memphis sonrió con miseria y le pidió otra ronda. El hombre apartó el whisky y le sirvió-Gracias.
-Dígame algo señor-el barman silenció unos segundos y lo miró- ¿Cómo es su nombre?
-Martín Memphis.
-Memphis !ah!, dígame algo. Usted me habla de desatarme algo que me hace mal pero al mismo tiempo lo amo. Dígame, ¿que hace tomando alcohol a éstas horas?. Conozco gente como usted, tiene problemas familiares.
-No los tengo mi buen hombre.
-¿Es casado?
-En efecto.
-¿Y que hace a estas horas por aquí? A mí no me mienta, yo ya he tenido hombre que se han peleado con su mujer, han venido aquí como si yo supiera todas las respuestas y me toman como su psicólogo gratuito. Memphis, cuénteme.
-Me dice que deje el alcohol, pero es un vicio.
-Ese vicio lo puede dejar en la ruina sentimental y emocional, ¿lo sabe?
-¿Sabe lo que es el vicio mi buen hombre?
-Lo conozco. Mi vicio es seguir aquí aunque lo odio. Pero que más da, no tengo nada que perder. Usted sí, recapacite Memphis.
Memphis tomo el último sorbo de whisky y dejó el vaso sobre la barra. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se alborotó su cabello caoba y luego se retorció los dedos.
-Mi mujer piensa que se deja de un día para el otro. Es totalmente utópico.
-Utópico es pensar que no se puede. Si verdaderamente la ama a su mujer, tiene que dejarlo. No todas las mujeres soportan algo que realmente odian. Usted tiene el privilegio.
-¿Verdad que sí?-replicó Memphis.
-Sí. Yo no puedo salir de la historia del anciano suicida ni la mujer que cautivó toda mi alma, mi despecho hacia la vida, mi resentimiento al odio. El amor habitada en sus dos comisuras. Nunca la tuve ni la tendré. No desperdicie el amor de su vida, Memphis. Ni a sus hijos, si es que los tiene, ni a su vida ni a su integridad. Es tan sólo un líquido que nunca le dará felicidad. Recapacite.
Memphis terminó su cigarrillo y sacó otro. El humo se acoplaba a la luz de la pequeña lámpara que alumbraba a los dos hombres. Dejó el dinero en la barra y un poco de propina.
-Gracias. Nunca me dijo su nombre.
-Jhon, Jhon Swest.
-Muchísimas gracias, usted me ha dado que recapacitar.
Memphis caminó rápidamente hacia la puerta y antes de abrirla le gritó a Swest.
-¿Que significa "Gracias por hacerme feliz..."?
-Que tiene que cambiar, mi querido Memphis-contestó Swest.
Memphis cerró la puerta y se fue.
El hombre llegó a su casa. Corrió hacia la habitación y su mujer no estaba. Preocupado, corrió hacia la habitación de los niños. No estaba allí, pero recordó que se habían quedado con la madre de su mujer. Memphis, quiso llamar a su mujer y no atendía. Recorrió toda su casa y no, no estaba allí. Llamó a la casa de su suegra y nadie. No podía creerlo. Justo como Swest lo había predecido. Memphis corrió hacia su biblioteca donde se hallaban todos sus licores. Furioso, tomó cada licor y los explotó contra la pared. Su vida se endrenaba por el alcohol. Su mujer, "Marie, tantos años... tantos perdones que te debo, oh Marie Marie, te amaré toda la vida. Mi marie". Memphis volvió al pensamiento. Su mujer, sus hijos, su madre, su padre muerto ya hacía años, su empleo su vicio. Su vicio que lo mató. Que lo fue matando de a poco.-Ya no más, basta, no quiero más vicio, no quiero hacer sufrir a mi Marie-habló con fuerza Memphis mientras buscaba su arma. Se sacó su camisa con olor a alcohol, escribió una carta de despedida con todo lo que había ocurrido, con las cosas que hubiera hecho por ella, que le debía la vida y que la amaría por toda la eternidad. Habló de sus hijo y familia. De pronto, se escuchó un tiro que revolvió la sien de Memphis. El hombre cayó. Un pequeño filamento de sangre recorrió la alfombra de su biblioteca.
A las horas, se oye la puerta.
-¿Martin, Martin? ¿Estás aquí? ¡Te fui a buscar, estuve preocupada! ¿Dónde estás?-Gritó Marie.
En su camino sin rumbo, Memphis levantó la frente y halló un bar. "Ju n Dom ng" de "Juan Domingo". Las letras de la marquesina titilaban y daban la impresión de que el bar se llamaba "Jun Domng". La noche era intensa y el frío estremecía al señor Memphis. El hombre caminó rápidamente y se paró frente al la puerta del negocio. Por el ventanal, se visualizaba ancianos con barba blanca y anteojos marrones bebiendo largos vasos de cerveza. Otros se adormecían en pequeños recipientes de whisky y por el fondo, dos señores de aspecto envejecido resolvían un juego de pool. Memphis sacudió la última ceniza, fumó la última pitada y los tiró. Abrió la puerta del bar con serenidad. Los ancianos de la mesa con cerveza lo miraron de reojo; lo del whisky no pudieron disimular visualizar al extraño y los del pool siguieron su juego sin compromiso. El hombre, incómodo, se dirigió a la barra si ojear a su alrededor. Memphis oyó murmullos por todo el establecimiento pero no le impidió seguir su camino.
-Buenas noches-inició Memphis.
-Buenas "madrugadas"-respondió el hombre y luego siguió con una pequeña sonrisa- ¿Qué le sirvo?
-Whisky en las piedras- Memphis se bajó la manga de sus saco y ojeó su reloj. Las tres de la mañana.-¿Hasta que hora están ustedes?-preguntó.
-Hasta que éstos viejos se vayan- respondió el hombre
-¿No tiene hora de cerrar?
-Depende, algunas veces me frustro y cierro.
-¿Frustrar?
-Sí, me frustro.
-¿Por?
-Veo estos ancianos siempre sentados en la misma silla, en la misma mesa, en la misma posición que el día anterior y el anterior y el anterior y así. Y me pregunto si un día terminaré sólo, con tragos, con melancolías, con poca lucidez, con el pensamiento que mañana puede ser mi último día, en que el día de mañana no me afeitaré mi barba negra y abundante, sino blanca y caída. Mi aliento será de alcohol, de cigarrillo envenenado de nicotina, mi vestimenta será zaparrastrosa o tal vez no pero aún así, sé que algún día terminaré así. Chismoso, con el ego de saber que "tengo más años que vos y soy mucho más ágil, lúcido y preponderante" y me enferma.
-Aún es joven usted, puede dejar este trabajo y amoldarse a otro.
-He estado más de diez años detrás de esta barra; ese whisky, es de Holanda y me trae nostalgias. Con ese conocí a la mujer de mi vida; ese vino Malbec me lo regaló un hombre que vino una noche de lluvia y me lo cedió con la única responsabilidad de cuidarlo y nunca cebarlo. A los días, me enteré que ese hombre murió. Me contaron que ése hombre, ése anciano se suicido por la escollera sur. Me dejó inmóvil y conmovido y nunca lo cebé; fue su último deseo se podría decir. ¿Entiende señor?, cada trago tiene una historia, algunas más conmovedoras que otras pero en fin, cada uno cuenta una pequeña parte de éste bar. Para mí, forma una gran parte éste bar, nunca podría dejarlo, teniendo en cuenta que es mío.
-Entiendo entiendo. Pero creo que tiene que desatarse de éste bar. Le está haciendo mal-Memphis sonrió con miseria y le pidió otra ronda. El hombre apartó el whisky y le sirvió-Gracias.
-Dígame algo señor-el barman silenció unos segundos y lo miró- ¿Cómo es su nombre?
-Martín Memphis.
-Memphis !ah!, dígame algo. Usted me habla de desatarme algo que me hace mal pero al mismo tiempo lo amo. Dígame, ¿que hace tomando alcohol a éstas horas?. Conozco gente como usted, tiene problemas familiares.
-No los tengo mi buen hombre.
-¿Es casado?
-En efecto.
-¿Y que hace a estas horas por aquí? A mí no me mienta, yo ya he tenido hombre que se han peleado con su mujer, han venido aquí como si yo supiera todas las respuestas y me toman como su psicólogo gratuito. Memphis, cuénteme.
-Me dice que deje el alcohol, pero es un vicio.
-Ese vicio lo puede dejar en la ruina sentimental y emocional, ¿lo sabe?
-¿Sabe lo que es el vicio mi buen hombre?
-Lo conozco. Mi vicio es seguir aquí aunque lo odio. Pero que más da, no tengo nada que perder. Usted sí, recapacite Memphis.
Memphis tomo el último sorbo de whisky y dejó el vaso sobre la barra. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se alborotó su cabello caoba y luego se retorció los dedos.
-Mi mujer piensa que se deja de un día para el otro. Es totalmente utópico.
-Utópico es pensar que no se puede. Si verdaderamente la ama a su mujer, tiene que dejarlo. No todas las mujeres soportan algo que realmente odian. Usted tiene el privilegio.
-¿Verdad que sí?-replicó Memphis.
-Sí. Yo no puedo salir de la historia del anciano suicida ni la mujer que cautivó toda mi alma, mi despecho hacia la vida, mi resentimiento al odio. El amor habitada en sus dos comisuras. Nunca la tuve ni la tendré. No desperdicie el amor de su vida, Memphis. Ni a sus hijos, si es que los tiene, ni a su vida ni a su integridad. Es tan sólo un líquido que nunca le dará felicidad. Recapacite.
Memphis terminó su cigarrillo y sacó otro. El humo se acoplaba a la luz de la pequeña lámpara que alumbraba a los dos hombres. Dejó el dinero en la barra y un poco de propina.
-Gracias. Nunca me dijo su nombre.
-Jhon, Jhon Swest.
-Muchísimas gracias, usted me ha dado que recapacitar.
Memphis caminó rápidamente hacia la puerta y antes de abrirla le gritó a Swest.
-¿Que significa "Gracias por hacerme feliz..."?
-Que tiene que cambiar, mi querido Memphis-contestó Swest.
Memphis cerró la puerta y se fue.
El hombre llegó a su casa. Corrió hacia la habitación y su mujer no estaba. Preocupado, corrió hacia la habitación de los niños. No estaba allí, pero recordó que se habían quedado con la madre de su mujer. Memphis, quiso llamar a su mujer y no atendía. Recorrió toda su casa y no, no estaba allí. Llamó a la casa de su suegra y nadie. No podía creerlo. Justo como Swest lo había predecido. Memphis corrió hacia su biblioteca donde se hallaban todos sus licores. Furioso, tomó cada licor y los explotó contra la pared. Su vida se endrenaba por el alcohol. Su mujer, "Marie, tantos años... tantos perdones que te debo, oh Marie Marie, te amaré toda la vida. Mi marie". Memphis volvió al pensamiento. Su mujer, sus hijos, su madre, su padre muerto ya hacía años, su empleo su vicio. Su vicio que lo mató. Que lo fue matando de a poco.-Ya no más, basta, no quiero más vicio, no quiero hacer sufrir a mi Marie-habló con fuerza Memphis mientras buscaba su arma. Se sacó su camisa con olor a alcohol, escribió una carta de despedida con todo lo que había ocurrido, con las cosas que hubiera hecho por ella, que le debía la vida y que la amaría por toda la eternidad. Habló de sus hijo y familia. De pronto, se escuchó un tiro que revolvió la sien de Memphis. El hombre cayó. Un pequeño filamento de sangre recorrió la alfombra de su biblioteca.
A las horas, se oye la puerta.
-¿Martin, Martin? ¿Estás aquí? ¡Te fui a buscar, estuve preocupada! ¿Dónde estás?-Gritó Marie.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)