El señor Memphis, contenía una profesión de renombre, hijos
inteligentes y habilidosos y una mujer hermosa. Su vicio se apoderaba de él
cada medianoche, más bien cerca de la una de la mañana.
El whisky, el ron, los vinos exóticos eran sus compañeros, su recocijo, su
júbilo. No eran más que tres tragos por noche ye el camino hacia su habitación lo veía como un camino sin fin, pasillos como laberintos, tambaleando y con ojos entreabiertos. Su mujer, lo esperaba leyendo un libro y
con la lámpara encendida sobre su cómoda, ojeando de reojo la apariencia de su
marido.
-¿Cuánto?-preguntó la mujer aún con los ojos en la lectura.
-No sé. Tres tal vez.
-¿Qué?
-Qué de qué.
-Qué tomaste.
-Lo de siempre.
-¿Qué es lo de siempre?
-Ya sabes mujer, no me cuestiones a estas horas.
-Ya estamos aquí, tomaste lo tuyo y yo con mi libro que
añora tu calor en nuestra cama.
-No te pongas fastidiosa.
-Sólo espero que un día te des cuenta que no haces bien; tu
familia te añora.
-Sólo son unos tragos a la medianoche para que no noten mi
ausencia en el día.
-Yo la noto en la noche.
-No se puede todo mujer.
-Está bien, aún así nunca cambiarías las cosas-la mujer
cerró el libro, se quitó los anteojos y a ambos los deposito en el cajón de su
cómoda. Apagó la lámpara y terminó la noche con “Gracias por hacerme feliz…”.
El señor Memphis, en plena oscuridad, pensó esa frase por casi toda la noche.
“Gracias por hacerme feliz…”. Obviamente que sería sarcástico, su mujer siempre
fue de decir indirectas. Era utópico pensar que de un día para otro podría
cambiar su forma de ser, sus vicios, su perspectiva de la vida. Su mujer, egoísta
en ese sentido, personalizaba la parte más negra de su mente. Esa oscuridad que
penetraba en sus ideales y no le dejaba pensar ni descifrar que hacer. Gracias
a “Gracias por hacerme feliz…”, el hombre se hundía. Se hundía en la incógnita
de esa frase, de ese refrán sarcástico de su mujer, de esa visión totalmente
egoísta o territorial de su parte. Lo atosigaba, lo ahogaba.
Por la noche, tomó su saco, su sombrero y se echó a caminar.
Las luces de los faroles callejeros, alumbraban algunas partes de las veredas. La
noche era hermosa, inmaculada; las estrellas brillaban en todo el espacio
negro, en todo su esplendor. Las marquesinas de los negocios estaban totalmente
apagadas, dormidas. Alguna, tal vez, se hallaba prendida pero sólo algunas
letras. El señor Memphis, fumaba en sosiego. El humo se escapaba por su nariz;
se escapaba por su boca. “Gracias por hacerme feliz…”. Él sabía que su vicio
por el alcohol, algún día, tarde o temprano, le afectaría. Recuerda ésa vez,
aquella noche en que su ebriedad provocó decirle la verdad a una ex novia. “Te engañé
muchas veces, es la verdad”. Ésa vez en qué terminó la noche con una marca con
las cinco yemas de los dedos de aquella mujer, aquella ex. También recuerda esa
tarde de verano que se emborrachó en la plaza del centro y vomitó en el pantalón
de una anciana. A consecuencia de eso, la anciana llamó a la policía y los
oficiales se lo llevaron. Lo encarcelaron por consumo de bebidas alcohólicas en
espacio público pero sólo pasó una noche dentro de la celda. Su madre, Doña
Casanova, pagó la fianza y lo llevó a su casa.
En su camino sin rumbo, Memphis levantó la frente y halló un bar. "Ju n Dom ng" de "Juan Domingo". Las letras de la marquesina titilaban y daban la impresión de que el bar se llamaba "Jun Domng". La noche era intensa y el frío estremecía al señor Memphis. El hombre caminó rápidamente y se paró frente al la puerta del negocio. Por el ventanal, se visualizaba ancianos con barba blanca y anteojos marrones bebiendo largos vasos de cerveza. Otros se adormecían en pequeños recipientes de whisky y por el fondo, dos señores de aspecto envejecido resolvían un juego de pool. Memphis sacudió la última ceniza, fumó la última pitada y los tiró. Abrió la puerta del bar con serenidad. Los ancianos de la mesa con cerveza lo miraron de reojo; lo del whisky no pudieron disimular visualizar al extraño y los del pool siguieron su juego sin compromiso. El hombre, incómodo, se dirigió a la barra si ojear a su alrededor. Memphis oyó murmullos por todo el establecimiento pero no le impidió seguir su camino.
-Buenas noches-inició Memphis.
-Buenas "madrugadas"-respondió el hombre y luego siguió con una pequeña sonrisa- ¿Qué le sirvo?
-Whisky en las piedras- Memphis se bajó la manga de sus saco y ojeó su reloj. Las tres de la mañana.-¿Hasta que hora están ustedes?-preguntó.
-Hasta que éstos viejos se vayan- respondió el hombre
-¿No tiene hora de cerrar?
-Depende, algunas veces me frustro y cierro.
-¿Frustrar?
-Sí, me frustro.
-¿Por?
-Veo estos ancianos siempre sentados en la misma silla, en la misma mesa, en la misma posición que el día anterior y el anterior y el anterior y así. Y me pregunto si un día terminaré sólo, con tragos, con melancolías, con poca lucidez, con el pensamiento que mañana puede ser mi último día, en que el día de mañana no me afeitaré mi barba negra y abundante, sino blanca y caída. Mi aliento será de alcohol, de cigarrillo envenenado de nicotina, mi vestimenta será zaparrastrosa o tal vez no pero aún así, sé que algún día terminaré así. Chismoso, con el ego de saber que "tengo más años que vos y soy mucho más ágil, lúcido y preponderante" y me enferma.
-Aún es joven usted, puede dejar este trabajo y amoldarse a otro.
-He estado más de diez años detrás de esta barra; ese whisky, es de Holanda y me trae nostalgias. Con ese conocí a la mujer de mi vida; ese vino Malbec me lo regaló un hombre que vino una noche de lluvia y me lo cedió con la única responsabilidad de cuidarlo y nunca cebarlo. A los días, me enteré que ese hombre murió. Me contaron que ése hombre, ése anciano se suicido por la escollera sur. Me dejó inmóvil y conmovido y nunca lo cebé; fue su último deseo se podría decir. ¿Entiende señor?, cada trago tiene una historia, algunas más conmovedoras que otras pero en fin, cada uno cuenta una pequeña parte de éste bar. Para mí, forma una gran parte éste bar, nunca podría dejarlo, teniendo en cuenta que es mío.
-Entiendo entiendo. Pero creo que tiene que desatarse de éste bar. Le está haciendo mal-Memphis sonrió con miseria y le pidió otra ronda. El hombre apartó el whisky y le sirvió-Gracias.
-Dígame algo señor-el barman silenció unos segundos y lo miró- ¿Cómo es su nombre?
-Martín Memphis.
-Memphis !ah!, dígame algo. Usted me habla de desatarme algo que me hace mal pero al mismo tiempo lo amo. Dígame, ¿que hace tomando alcohol a éstas horas?. Conozco gente como usted, tiene problemas familiares.
-No los tengo mi buen hombre.
-¿Es casado?
-En efecto.
-¿Y que hace a estas horas por aquí? A mí no me mienta, yo ya he tenido hombre que se han peleado con su mujer, han venido aquí como si yo supiera todas las respuestas y me toman como su psicólogo gratuito. Memphis, cuénteme.
-Me dice que deje el alcohol, pero es un vicio.
-Ese vicio lo puede dejar en la ruina sentimental y emocional, ¿lo sabe?
-¿Sabe lo que es el vicio mi buen hombre?
-Lo conozco. Mi vicio es seguir aquí aunque lo odio. Pero que más da, no tengo nada que perder. Usted sí, recapacite Memphis.
Memphis tomo el último sorbo de whisky y dejó el vaso sobre la barra. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se alborotó su cabello caoba y luego se retorció los dedos.
-Mi mujer piensa que se deja de un día para el otro. Es totalmente utópico.
-Utópico es pensar que no se puede. Si verdaderamente la ama a su mujer, tiene que dejarlo. No todas las mujeres soportan algo que realmente odian. Usted tiene el privilegio.
-¿Verdad que sí?-replicó Memphis.
-Sí. Yo no puedo salir de la historia del anciano suicida ni la mujer que cautivó toda mi alma, mi despecho hacia la vida, mi resentimiento al odio. El amor habitada en sus dos comisuras. Nunca la tuve ni la tendré. No desperdicie el amor de su vida, Memphis. Ni a sus hijos, si es que los tiene, ni a su vida ni a su integridad. Es tan sólo un líquido que nunca le dará felicidad. Recapacite.
Memphis terminó su cigarrillo y sacó otro. El humo se acoplaba a la luz de la pequeña lámpara que alumbraba a los dos hombres. Dejó el dinero en la barra y un poco de propina.
-Gracias. Nunca me dijo su nombre.
-Jhon, Jhon Swest.
-Muchísimas gracias, usted me ha dado que recapacitar.
Memphis caminó rápidamente hacia la puerta y antes de abrirla le gritó a Swest.
-¿Que significa "Gracias por hacerme feliz..."?
-Que tiene que cambiar, mi querido Memphis-contestó Swest.
Memphis cerró la puerta y se fue.
El hombre llegó a su casa. Corrió hacia la habitación y su mujer no estaba. Preocupado, corrió hacia la habitación de los niños. No estaba allí, pero recordó que se habían quedado con la madre de su mujer. Memphis, quiso llamar a su mujer y no atendía. Recorrió toda su casa y no, no estaba allí. Llamó a la casa de su suegra y nadie. No podía creerlo. Justo como Swest lo había predecido. Memphis corrió hacia su biblioteca donde se hallaban todos sus licores. Furioso, tomó cada licor y los explotó contra la pared. Su vida se endrenaba por el alcohol. Su mujer, "Marie, tantos años... tantos perdones que te debo, oh Marie Marie, te amaré toda la vida. Mi marie". Memphis volvió al pensamiento. Su mujer, sus hijos, su madre, su padre muerto ya hacía años, su empleo su vicio. Su vicio que lo mató. Que lo fue matando de a poco.-Ya no más, basta, no quiero más vicio, no quiero hacer sufrir a mi Marie-habló con fuerza Memphis mientras buscaba su arma. Se sacó su camisa con olor a alcohol, escribió una carta de despedida con todo lo que había ocurrido, con las cosas que hubiera hecho por ella, que le debía la vida y que la amaría por toda la eternidad. Habló de sus hijo y familia. De pronto, se escuchó un tiro que revolvió la sien de Memphis. El hombre cayó. Un pequeño filamento de sangre recorrió la alfombra de su biblioteca.
A las horas, se oye la puerta.
-¿Martin, Martin? ¿Estás aquí? ¡Te fui a buscar, estuve preocupada! ¿Dónde estás?-Gritó Marie.
En su camino sin rumbo, Memphis levantó la frente y halló un bar. "Ju n Dom ng" de "Juan Domingo". Las letras de la marquesina titilaban y daban la impresión de que el bar se llamaba "Jun Domng". La noche era intensa y el frío estremecía al señor Memphis. El hombre caminó rápidamente y se paró frente al la puerta del negocio. Por el ventanal, se visualizaba ancianos con barba blanca y anteojos marrones bebiendo largos vasos de cerveza. Otros se adormecían en pequeños recipientes de whisky y por el fondo, dos señores de aspecto envejecido resolvían un juego de pool. Memphis sacudió la última ceniza, fumó la última pitada y los tiró. Abrió la puerta del bar con serenidad. Los ancianos de la mesa con cerveza lo miraron de reojo; lo del whisky no pudieron disimular visualizar al extraño y los del pool siguieron su juego sin compromiso. El hombre, incómodo, se dirigió a la barra si ojear a su alrededor. Memphis oyó murmullos por todo el establecimiento pero no le impidió seguir su camino.
-Buenas noches-inició Memphis.
-Buenas "madrugadas"-respondió el hombre y luego siguió con una pequeña sonrisa- ¿Qué le sirvo?
-Whisky en las piedras- Memphis se bajó la manga de sus saco y ojeó su reloj. Las tres de la mañana.-¿Hasta que hora están ustedes?-preguntó.
-Hasta que éstos viejos se vayan- respondió el hombre
-¿No tiene hora de cerrar?
-Depende, algunas veces me frustro y cierro.
-¿Frustrar?
-Sí, me frustro.
-¿Por?
-Veo estos ancianos siempre sentados en la misma silla, en la misma mesa, en la misma posición que el día anterior y el anterior y el anterior y así. Y me pregunto si un día terminaré sólo, con tragos, con melancolías, con poca lucidez, con el pensamiento que mañana puede ser mi último día, en que el día de mañana no me afeitaré mi barba negra y abundante, sino blanca y caída. Mi aliento será de alcohol, de cigarrillo envenenado de nicotina, mi vestimenta será zaparrastrosa o tal vez no pero aún así, sé que algún día terminaré así. Chismoso, con el ego de saber que "tengo más años que vos y soy mucho más ágil, lúcido y preponderante" y me enferma.
-Aún es joven usted, puede dejar este trabajo y amoldarse a otro.
-He estado más de diez años detrás de esta barra; ese whisky, es de Holanda y me trae nostalgias. Con ese conocí a la mujer de mi vida; ese vino Malbec me lo regaló un hombre que vino una noche de lluvia y me lo cedió con la única responsabilidad de cuidarlo y nunca cebarlo. A los días, me enteré que ese hombre murió. Me contaron que ése hombre, ése anciano se suicido por la escollera sur. Me dejó inmóvil y conmovido y nunca lo cebé; fue su último deseo se podría decir. ¿Entiende señor?, cada trago tiene una historia, algunas más conmovedoras que otras pero en fin, cada uno cuenta una pequeña parte de éste bar. Para mí, forma una gran parte éste bar, nunca podría dejarlo, teniendo en cuenta que es mío.
-Entiendo entiendo. Pero creo que tiene que desatarse de éste bar. Le está haciendo mal-Memphis sonrió con miseria y le pidió otra ronda. El hombre apartó el whisky y le sirvió-Gracias.
-Dígame algo señor-el barman silenció unos segundos y lo miró- ¿Cómo es su nombre?
-Martín Memphis.
-Memphis !ah!, dígame algo. Usted me habla de desatarme algo que me hace mal pero al mismo tiempo lo amo. Dígame, ¿que hace tomando alcohol a éstas horas?. Conozco gente como usted, tiene problemas familiares.
-No los tengo mi buen hombre.
-¿Es casado?
-En efecto.
-¿Y que hace a estas horas por aquí? A mí no me mienta, yo ya he tenido hombre que se han peleado con su mujer, han venido aquí como si yo supiera todas las respuestas y me toman como su psicólogo gratuito. Memphis, cuénteme.
-Me dice que deje el alcohol, pero es un vicio.
-Ese vicio lo puede dejar en la ruina sentimental y emocional, ¿lo sabe?
-¿Sabe lo que es el vicio mi buen hombre?
-Lo conozco. Mi vicio es seguir aquí aunque lo odio. Pero que más da, no tengo nada que perder. Usted sí, recapacite Memphis.
Memphis tomo el último sorbo de whisky y dejó el vaso sobre la barra. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se alborotó su cabello caoba y luego se retorció los dedos.
-Mi mujer piensa que se deja de un día para el otro. Es totalmente utópico.
-Utópico es pensar que no se puede. Si verdaderamente la ama a su mujer, tiene que dejarlo. No todas las mujeres soportan algo que realmente odian. Usted tiene el privilegio.
-¿Verdad que sí?-replicó Memphis.
-Sí. Yo no puedo salir de la historia del anciano suicida ni la mujer que cautivó toda mi alma, mi despecho hacia la vida, mi resentimiento al odio. El amor habitada en sus dos comisuras. Nunca la tuve ni la tendré. No desperdicie el amor de su vida, Memphis. Ni a sus hijos, si es que los tiene, ni a su vida ni a su integridad. Es tan sólo un líquido que nunca le dará felicidad. Recapacite.
Memphis terminó su cigarrillo y sacó otro. El humo se acoplaba a la luz de la pequeña lámpara que alumbraba a los dos hombres. Dejó el dinero en la barra y un poco de propina.
-Gracias. Nunca me dijo su nombre.
-Jhon, Jhon Swest.
-Muchísimas gracias, usted me ha dado que recapacitar.
Memphis caminó rápidamente hacia la puerta y antes de abrirla le gritó a Swest.
-¿Que significa "Gracias por hacerme feliz..."?
-Que tiene que cambiar, mi querido Memphis-contestó Swest.
Memphis cerró la puerta y se fue.
El hombre llegó a su casa. Corrió hacia la habitación y su mujer no estaba. Preocupado, corrió hacia la habitación de los niños. No estaba allí, pero recordó que se habían quedado con la madre de su mujer. Memphis, quiso llamar a su mujer y no atendía. Recorrió toda su casa y no, no estaba allí. Llamó a la casa de su suegra y nadie. No podía creerlo. Justo como Swest lo había predecido. Memphis corrió hacia su biblioteca donde se hallaban todos sus licores. Furioso, tomó cada licor y los explotó contra la pared. Su vida se endrenaba por el alcohol. Su mujer, "Marie, tantos años... tantos perdones que te debo, oh Marie Marie, te amaré toda la vida. Mi marie". Memphis volvió al pensamiento. Su mujer, sus hijos, su madre, su padre muerto ya hacía años, su empleo su vicio. Su vicio que lo mató. Que lo fue matando de a poco.-Ya no más, basta, no quiero más vicio, no quiero hacer sufrir a mi Marie-habló con fuerza Memphis mientras buscaba su arma. Se sacó su camisa con olor a alcohol, escribió una carta de despedida con todo lo que había ocurrido, con las cosas que hubiera hecho por ella, que le debía la vida y que la amaría por toda la eternidad. Habló de sus hijo y familia. De pronto, se escuchó un tiro que revolvió la sien de Memphis. El hombre cayó. Un pequeño filamento de sangre recorrió la alfombra de su biblioteca.
A las horas, se oye la puerta.
-¿Martin, Martin? ¿Estás aquí? ¡Te fui a buscar, estuve preocupada! ¿Dónde estás?-Gritó Marie.
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