martes, 9 de octubre de 2012

El fuego.

¿Qué es ese calor? No sé dónde estoy. No sé ni cómo vine. ¿Por qué todos se ríen? Me aturde la cabeza. Un pasado que nunca ocurrió me taladra la cabeza; un futuro que nunca va a venir me quema el inconsciente. ¿Qué paso? ¿Por qué ése inútil recuerdo que no me acuerdo si lo efectué? Por favor que alguien me recuerde que hice cuando no me di cuenta. Todos ríen, todos parecen felices; disfrutando de la jornada. Soy ajeno a esa felicidad; se me crispa el cuerpo, se contrae la cara, mi cabeza me quema, me explota, me castiga, me tortura. Mi voz suena pero no la hago sonar yo. Es algo muy distinto. “Basta, basta, basta”. No lo digo yo, ¿quién será? Sí, es mi voz, pero no soy yo. Alguien se me habrá metido y narra recuerdos que sé que no los escribí. Ahora me siento y fumo sobre un pedazo de ladrillo. El humo se ríe de mí, de mis ojos flechados hacia un óvalo negro. ¿Qué es ese óvalo? Se me nubla la vista, miles de pequeñas moléculas de luz se parecen en mi vista y se burlan. Aún siento que hice algo pero no. Escucho pero no; hablo pero no.
Y ahora llego a la cama. Todos siguen gritando y el fuego en mi mente quema más y más. La ceniza del cigarrillo jadea con su mísera luz anaranjada. Quema cada pétalo gris; mi mente quema cada impulso nervioso. Se quiebra, se fractura mi tempestad con miles de risas que retumban sobre mi sien. Siento un golpe. Me abalanzo sobre mi rodilla y caigo despatarrado. Mi cabeza se inclina hacia adelante pero mi cuerpo sigue intacto; latente. Llega la mano del amor para suavizar el fuego que destroza mis impulsos. Aléjate, no quiero quemar tu belleza con éste fuego destructor. Éste fuego lo quema todo. El agua hierve y silba justo sobre mis globos oculares. El tiempo todo lo quiere calmar, pero no me calma. El tiempo quiere servir como bloqueador de éste fuego arrollador, cómo agua. Como bombero de incendio, como luz en oscuridad, como alma para el cuerpo. Y sigue explayándose éste fuego amortiguador. Fue muy grande, la llama era enorme. Ahora el viento de mi tranquilidad sopla y calma la llama. Es muy fuerte. Y aunque el tiempo sirva de algo, los minutos y los segundos siguen combatiendo. La pequeña flema de fuego sigue ardiendo en lo más profundo de mi interior, pero ahora sólo arde cuando la recuerdo. Sí es que no recuerdo esa pequeña llama, no arde. Si la recuerdo, incendia lo más profundo de mi conciencia. Mi conciencia que grita; el remordimiento que llora. Nuevamente el tiempo fluye y el ardor también.
El humo es más blanco. No es el normal. Su aroma es otro y quema de distinta manera. La conciencia es otra y la realidad ajena. Lo veo todo ajeno, se ve todo fuera de término. Más adelante el camino se hace angosto. La cabeza no está en su lugar, ni el alma tampoco. El cabello y los vellos, tanto corporales como faciales pican mucho más de lo común. Lo común se excluye de la situación y la cordura y la locura se pierden en abismos negros.

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