viernes, 19 de octubre de 2012

La nueva moda climática.

Ahora las brisas se hacen mucho mas espesas, mucho más tibias, mucho más estremecedoras. El viento sopla, silba con sosiego y con una mayor duda. En el aire se oyen lindos cantos del sol que ríe feliz al calentar nuevamente luego de los frío y polares vientos invernales; el, ahora, gobierna el viento con una dominación que se explaya por toda mi ciudad. Las plazas se vuelven más cordiales con el pasto mojado de rocío, hermosamente cariñoso que deja silenciosos nuestros pasos. Los árboles, contentos, florecen en todo su esplendor, con sus raíces totalmente verdes. Nuevamente nacen las ermitañas hojas verdes luego de haber cambiado al color marchito marrón, produciendo un nuevo sentido de ver la hermosa naturaleza que yace debajo del sol. Ahora el mar suena, se hace oír con su espuma suave y blanca inmaculada arrastrando las aguas azules semi verdosas. Nuestras escolleras le dan la bienvenida a los cielos rosas y naranjas del ocaso, con un gran festín del horizonte feliz de haberse reencontrado con tremendo espectáculo. Y ahora nacen nuevas sonrisas en los rostros amargos de las personas, los pájaros cantan y no es de menos. La gente brilla y tampoco es de menos; se aleja esos tiempos de fríos burlones calcinadores y renacen, reiteradamente, esos hermosos ojos de felicidad, de alivio, pasional y amoroso que produce el calor veraniego.
Personalmente tiendo a detestar este nuevo aroma. Un aroma de nostalgia, de melancolía y de duda. Estremezco con tan sólo pensar que termina un ciclo más y ya no volverá. También puedo decir que me provoca miedo. Miedo de no poder retroceder más, ¡pensar que tantas sensaciones que me provoca tan sólo un nuevo olor pero particular! Tiendo a caer en las provocaciones de mi destino, del aroma, del futuro que no alcanzo a visualizar que sorpresa me tiene. Una neblina que me despereza y que ocasiona un temor tan frío, tácito y tormentoso.
Nostalgia porque empiezo a recordar cada momento de mi vida, con el único miedo de no ser como antes. Melancolía porque me vuelvo frágil y susceptible ante cualquier acción, ante cualquier duda, ante cualquier lágrima que pretende caer sobre mi tibia mejilla. Y por último, duda. Duda por el destino que me espera hace tiempo. Por esos tiempos en que ciertas imágenes se revuelcan sobre mis ojos poniéndome tembloroso  y poco racional. Paranoico puede ser la palabra. Loco también. Estúpido... quizá.
Volviendo a mis calles, el cigarro ya no quema como siempre. Su pequeña luz anaranjada quema desinteresada y temo que ya no vuelva a quemar como ésos tiempos donde su combustión era magnífica y majestuosa. La figura de la mujer se vuelve... deslumbrante. Su piel se libera de sus ropas para mostrarse tal cual es en toda su belleza. Los senos saltan de par en par sin miedo ni pudor y con la ignorancia de saber que puede ser percibidos por nosotros, los hombres. Sus brazos se desnudan y demuestran su pequeños vellos ahogados de semejantes telas.
Y es así como un pequeño lector, escritor o persona en sí comprueba lo detestable y pensativo que se torna ésta época climática: el estúpido verano.

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