miércoles, 10 de octubre de 2012

Las anécdotas de Mario.

Desde joven he sabido apreciar a la belleza de la mujer. Como bien inspirado de grandes poetas, dramaturgos y prosistas del siglo veinte, he pasado el resto de mis días describiendo cada anécdota, tanto erótica como amorosa, de mi larga y pulposa vida. En mis ochenta y cuatro años, varias mujeres se resguardan en mi corazón. Más bien, se hallan en los recuerdos, que, siendo honesto, más frescos que tengo. En la aparición de mis dieciséis años, joven y especulante sobre la mujer y su cuerpo, que bien, ha sido para diversos motivos y usos, teniendo en cuenta su fortaleza y su incontenible sensibilidad, he tenido la certeza de que mi debut como hombre totalmente activo y contemplador de la mejor obra de dios, fue lo más deleitado de mi adolescencia en épocas sexuales.Claudia, o así se hacía llamar esa querida mujer que nos costó un tiempo para recibir una cálida noche de verano con un cielo estrellado y oscuro, con la transpiración apropiándose de nuestros vientres mientras que nuestros ombligos se ahogaban de placer con gotas de sudor que palpitaban en nuestros pechos; los suyos estrechos y suaves totalmente quietos y latentes con el talento de bailar y saltar sobre mi nariz. Rosa, nombre de flor con pétalos coloridos que se relaciona con su cuerpo tallado a mano, con una sobredosis de pincel con acuarela marrón que se despojo debajo de su pecho izquierdo, concibiendo un lunar tan radiante y sobrenatural. A diferencia de Claudia, Rosa, con el esplendor de una belleza máxima, con su cabello rizado que se revoloteaban sobre mis hombres caídos y frágiles; huesudos y mojados. Sus pechos saltaban de una manera increíble e inimaginable para los incrédulos y escépticos, transformándose en una de las maravillas del mundo; la primera y desbaratando cualquiera que se le interponga. Ella, querubín de mis cielos y de mis espacios universales, con su enorme corazón pero con su capacidad grata de enfadarse o de enojarse por motivos innecesarios y estúpidos, se disolvía en mi mar de felicidad y de gratas sonrisas. Mujer de mis más apacibles sonrisas, esbozo muecas de gratitud, estés dónde estés, por brindarme la máxima felicidad que rondaron por toda mi infancia, adolescencia y mis tiempos de adulto. Aún te pienso en mi vejez. Tus pelos rizados, tus sonrisas, tus enojos, tus maniobras para arreglarlo todo, tus fortalezas. Nuestra intimidad...
En mis treinta años, apareció mi mujer de hoy en día donde repaso todos los días con mates y bizcochos de grasa. Cincuenta y cuatro años y aún, María de las Santidades, no ha podido superar a mi querida y añorada Rosa. Aunque ella, María, me ha acompañado en todos mis sueños, mis realidad, mis ganas de crear mi propia visión de la vida que  es, ni nada menos que disolver nuestro amor en un hijo. Hijo que después tendría un hermano y que esos dos hermanos cubrirían el festín musical creando un trío cantor con mi tercer hijo. Y aún así, mis anécdotas y mi desdichas sobre el amor se siguen involucrando en mis contemporáneos recuerdos, habituales, recreando cada imagen que me brindó la vida para contemplar el amor de Rosa, la iniciativa sexual que me regaló aquella mujer de senos estrechos pero con cola voluptuosa y el amor incondicional pero no precipitado de mi amada María de las Santidades, que me regaló, me obsequió sus sueños, sus deseos, su vientre para formar mi apasionado sueño de procrear y educar. Pero aún así, como ya he reiterado, a mis ochenta y cuatro años presiento que describir a mis mujeres, a mi anécdotas me influyen para demostrar que el amor no está perdido en ésta sociedad dónde el amor solo fluye a partir de sexo barato sin compromisos, embarazos a la deriva e hijos con padres que cambian cada cinco años.
Es así, que a mi edad, me cuesta cambiar la perspectiva de la mujer. Sólo tengo una: valorarla, porque puede ser el fruto de nuestra felicidad. Y a aquellos que sus gustos no son los míos, disfrutar del amor en general. El amor puede ser como una flor. En primavera florece y épocas remotas, se marchita y vuela en nuestro cielo rompedor de sueños; abstrae con sus nubes pegadizas.

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