En los movimientos vertiginosos del pensamiento abstracto, de la resignación sentimental, del ocio eterno entre nuestras cabezas, de las actividades lujuriosas pasadas, de los vientos soplados por el mismísimo Dios, ¿dónde se halla la soledad?. Eso pensó Don Aníbal antes de morirse. Anciano, cascarrabia, taimado, bellaco y con muecas incomprensibles se hallaba este hombre en el zaguán de su casa. Vivía en el campo mas lejano de su ciudad, Don Aníbal. Nunca se acercó ni para comprar una migaja de pan a la ciudad. Odiaba las torres, los consumidores compulsivos, la gente soberbia que no tiraba ni una moneda a los vagos tuertos, empobrecidos y sucios. Amaba los pastos moviéndose por el soplido sosiego, por las brisas calientes que llegaban desde el Norte. Contemplaba el sol al levantarse por la mañana, que iluminaba su rostro arrugado y que lo hacía despertar. Adoraba ver a su perra Sonia correr por los campos exaltados, por los trigales del horizonte. Se sentaba en su zaguán, en una silla de mimbre, un pedazo de pastizal en su boca y se echaba a mirar el cielo. Sonia lo acompañaba hasta tal punto de despertarlo con un beso en las yemas decrepitas del anciano, cual pasas de uva.
Como ya dije su odio a la ciudad boicoteaba traer comida y muchísimas cosas mas que el anciano necesitaba. Un vecino, va... un vecino. El hijo de una familia campesina que se encontraba a metros y metros de la casa de Aníbal, hacía los mandados por el viejo. Matías, tomaba su bicicleta y andaba y andaba metros y metros. Al llegar a el zaguán de la casa del viejo, Aníbal lo esperaba con una lista de comida, cosas, elementos de limpieza, etc. Después se tomaba el colectivo en la primera parada que había cerca y tornaba su camino hacia la ciudad. Dejaba la bicicleta en un lugar que nunca nadie supo que existía, por eso es que nunca se la robaron.
-Buen día don, vengo por sus mandados.
-Que haces pibe, aca está. También agarra estas monedas para el colectivo.
-Nunca entendí por qué nunca va usted mi don.
-Por que todos los de la ciudad son unos pelotudos, descerebrados y ciegos.
-¿Ciegos?
-Si, ¿no me escuchas cuando hablo o tenes algo en la oreja?
-Escuché no hace falta su cagada de pedos.
-Entonces deja de preguntarme pelotudeces y comprame lo que te digo. Acá tenes la plata. Tomatelá.
-Váyase a la mierda. En unas horas vengo.
A las horas vuelve el niño y le deja las bolsas en el zaguán. No lo encontró al viejo en su silla de mimbre. Ni Sonia estaba por allí. El chico entró a la casa y tampoco había nadie. Echó un vistazo por las habitaciones, la cocina y el baño y tampoco estaba. Buscó un cuchillo por si había entrado alguien y tenía al anciano. Fue a los campos de atrás y por lo lejos se encontraba Sonia dando vueltas en círculos. Corrió hasta allí y Anibal se encontraba acostado sobre los trigales.
-¡Aníbal, Aníbal! Despiertese don.
Los gritos del niño eran absurdos. Le tocó el pecho y no había latidos. El viejo estaba pálido y con las manos retorcidas. Salió corriendo y en la carretera pasaba un auto. Lo frenó. Le pidió que llamase a una ambulancia y a la hora llegó la emergencia médica. Los médicos le tomaron la pulsación y no había. Don Aníbal había muerto. En su bolsillo se encontró una carta.
"Somos lo que somos. No existe un factor que se nos interponga ni experiencias sanas que conformen influencias en nuestros corazones. Solo una, un amor. Los ojos reflejan lo que el corazón, mudo, no puede decir. Los ojos son mudos, pero son espejos, algunas veces indeseables, que hablan. Lo que resta es el odio. Es corta la vida para el resentimiento continuo y doloroso. Aprendí a respetar las cosas que la vida me ha dado. Poco por cierto. Mi hijo es la idea de vivir. Mi idea es la de progresar. Mi odio es el morir, mi odio es tropezar"
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