jueves, 26 de julio de 2012

Sobre la vista de la vergüenza, capítulo I

-Te tenes que ir. No hay tiempo.
-Las pelotas me voy a ir, quiero que venga Roberto y si me dice que me vaya me voy. No voy a cumplir órdenes de un boludo como vos.
-Sos necio eh. Dale, movete. Agarra tus cosas y mové el culo de acá Francisco.
-¿No escuchas hijo de puta? Te dije que no voy a recibir órdenes tuyas. Sos un boludo Fernando. Rajá de acá.
-Ya vas a ver pedazo de pelotudo.

Eran las once de la noche y Francisco esperaba la orden de Roberto para desalojar la oficina. Se había mandado una cagada en un trámite y lo único que esperaba es que lo despidiera. Aún miraba la ventana preocupado y nervioso esperándolo. Eran medianoche y el hombre seguía con la cabeza baja caminado de rincón a rincón dentro de su oficina. Agobiaba el momento en el cual Fernando se impuso a darle órdenes siendo un rango inferior, aunque sabía que si Roberto lo echaba, Fernando sería el nuevo sargento del cuartel. Guardó el arma, su insignia y despachó una estrella simbólica del cuartel en su escritorio. Se sentó a esperar. A la llegada de las dos de la madrugada, volvió a sentarse y se echó a dormir.

-Panchito, despertate.
-¿Qué carajo?¿Qué hora es?
-Las ocho de la mañana. ¿Te quedaste toda la noche acá?
-No, dormí en mi casa y como no era cómoda mi cama decidí dormir en el escritorio macizo, frío y duro. Sí boludo.
-No seas irónico. Te está esperando Roberto en su oficina.
-Gracias Ramiro.

El sargento Francisco Arrenaga se levantó lentamente. Quería vivir sus últimos momentos sentado en esa silla que había estado con el por unos largos veinte años. Se enderezó y se estremeció con el frío que lo envolvió. La ventana estaba abierta. Francisco esperó unos minutos parado sosteniéndose sobre el escritorio y luego la cerró con desgano. El oficial Ramiro Cartagena se había ido a seguir con sus labores. Tomó la insignia y el arma nuevamente del segundo cajón y después de un largo silencio se guardó la estrella en su bolsillo. Apagó la luz de la oficina y continuó con un portazo. Caminó por los pasillos del cuartel hasta llegar a la puerta de la oficina del Jefe de Policía. Tocó la puerta. Sintió un grito y la abrió lentamente

-Buenos días señor.
-Que haces Pancho, todavía Fernando me rompe las pelotas con eso de despedirte.
-Es porque quiere mi puesto. Además nunca nos llevamos bien con el oficial. Siempre tuvimos nuestras peleas y sigue resentido por que usted me halla dado a mi el puesto de sargento y no a él.
-Mas bien, si es un pelotudo. Dudo en que sea un buen oficial Fernando. Francisco no voy a despedirte.
-¿Ah... no?
-No. Sé que sos un terrible boludo por haber dejado escapar a Ramón, pero es la única vez que te mandaste una macana como esta.
-Eran tres tipos y el oficial que me mandaste era un inservible.
-No subestimes al oficial Merenlao. Es un estudiante con todas las letras. Pensé que iba a ser fácil para vos agarrar a un tipo como Ramón. Ahora anda a saber donde está.
-No es fácil, por eso el tipo está prófugo hace un año.
-¿Qué carajo estas insinuando?
-No insinúo nada, solo digo que no es fácil.
-Para un tipo como vos que ha resuelto casos muchísimos mas difíciles, es muy fácil agarrar a un narcotraficante.
-No lo crea. Es muy vivo el desgraciado ese.
-Pero por favor Francisco, vos y yo sabemos que tipos como esos terminan cayendo en cana.
-Va a ser difícil meterlo detrás de los barrotes.
-Y seguís con el tema de la dificultad. No importa eso ahora, ya lo vamos a agarrar pero te llamé para una boludes. No voy a despedirte así que decile a Fernando que se va a quedar en su puesto.

Después de varios minutos en la oficina de Roberto, Francisco salió muchísimo mas aliviado. Volvió a ponerse la insignia, guardo el arma en su equipaje e inauguró nuevamente su oficina. Fernando lo miró con una mirada desafiante y de envidia al pasar por su oficina.

-Vaya, muévase oficial- entonando mucho mas el "oficial" se dirigió Francisco a Fernando.
-Ya vas a ver.
-Deja de amenazar y anda a patrullar bobalicón.

Fernando se enrojeció de la furia, sacó su arma y le apuntó a Francisco. El sargento se levantó rápidamente y desenvolvió su arma, la levantó y le apuntó. Los dos se apuntaban furiosos y dubitativos.

-Vas a comer plomo hijo de puta- habló Fernando con la boca semi-abierta.
-Pedazo de pelotudo, sea como sea ya perdiste el trabajo. Estas apuntando a un superior, eso ya es el despido y si me matas vas a seguir viniendo acá pero atrás de los barrotes.

Durante un silencio, se escucha un arma caer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario